domingo, 30 de abril de 2017

Pista de carreras

Colaboración para Adynaton #2

I

Es de madrugada, Julia regresa caminando de su empleo, no es prostituta, por si se lo preguntaban, trabaja en una fábrica y coloca tapones a piezas aeroespaciales. No está muy segura de lo que hacen, es probable que algunas se destinen a aviones de guerra, eso a ella no le incumbe, necesita el dinero. Coloca los tapones a las piezas sin mucho ni poco empeño, el justo, es lo que hacen todas en la línea de producción. Es un acuerdo no dicho para no causarse más cansancio del que sus cuerpos soportarían por mucho tiempo, pues no son pocas las que destinan gran parte de su vida a colocar tapones, cortar cables, ensamblar objetos metálicos o deshilachar telas.

El alumbrado público sigue encendido a pesar de que empieza a clarear, un farol ilumina el terriblemente pesado calzado de trabajo que usa Julia, ya los pies le duelen. Están bien para pasar la jornada sentada, pero no para caminar diez cuadras a casa. Anda con la cabeza baja y piensa “Sí que son horrorosas estas botas”. Hacia la izquierda un vagabundo, maloliente, hay que decirlo, mejor alejarse unos pasos. Los perros del vecindario han vuelto a romper las bolsas de basura de los vecinos cercanos y las han acarreado hasta el parque, así es siempre los jueves. Julia se siente con ánimos de una cerveza helada para antes de dormir. Hay un autoservicio veinticuatro horas cerca, le queda un poco de dinero y si en lugar de comprar el desabrido menú del comedor de la empresa lleva algo de su refrigerador, puede costear una cerveza o dos. Cruza la calle, el dependiente del comercio la devisa y se acerca a la ventanilla de servicio, ella pide dos Tecate regulares, el hombre comenta, de acuerdo al manual, la promoción de la semana: en la compra de dos bebidas de la marca que ha elegido, más un importe adicional menor al precio habitual puede llevarse una cerveza europea.

—No, gracias —mejor no acostumbrarse a esas cosas, la nacional le viene bien.

—A ti.

Tres cuadras separan a la Julia de su hogar. Dos muchachos de unos diecisiete años van en bicicletas en la otra acera, miran fijamente a la mujer, ella los ignora, no acelera el paso ni actúa distinto. La conocen, no se le puede sacar mucho, además, ella es del barrio y ya hay mucha luz. Pasada una señal de alto vandalizada y varias casas de colores pálidos, se detiene en una con cerco negro, tiene la llave del candado, abre, pasa las macetas marrones con cactáceas. Otra cerradura, la sala, la habitación, Mario.

Qué guapa estás.

—¿Qué quieres?

—Ya lo sabes.

—Estoy cansada.

—Un ratito nada más.

La camisa del hombre al suelo, la sonrisa de Julia, las ojeras, la cicatriz de él en el pecho, los besos, las manos. Ella abajo porque no mentía cuando habló de su cansancio, pero tampoco miente cuando toca la cicatriz de él y sus pezones endurecen. Media hora, más media hora de sueño, son las seis y media de la mañana. Omelet preparado por él, cerveza nacional, ropa ligera, calzado ligero.

—¿Qué tal todo en el taller? —pregunta Julia antes de engullir el primer bocado.

—Como siempre, ha habido chamba, no me puedo quejar. Escuché que quieren contratar a una persona más.

—Yo creo que van a despedir gente, aunque en realidad no me importa demasiado.

—¿Y eso?

—Supe que buscan personal en la empresa de al lado, la de camiones —comenta Julia encogiendo los hombros—. Oye, ¿has visto al gato?

—No ha regresado, creo que estaba en casa de doña Chayo la otra vez, Ronaldo, el niño más chico le da de comer. A ver si no acaba siendo el postre de Sansón, el perro de los otros vecinos —dice Mario— Oye, te quería preguntar una cosa…

—Ya no puedo otra vez —interrumpe Julia.

—No, eso no. ¿Sabes lo que pasa con los ladrillos?, los del montón en el patio de atrás, ¿te has llevado alguno?

—¿Para qué me los llevaría?

—Eso pensé, sólo quería estar seguro. Creo que alguien se los ha estado robando. Ven, quiero que veas antes de que me vaya.

Julia se levanta de mala gana y sigue a Mario arrastrando los pies, ya menos cansados; él la toma del brazo cuando se tropieza con su propia sandalia, ella responde con una sonrisa tonta.

—¿Ves?, había quince y ahora sólo doce.

—¿Te pusiste a contarlos? — se burla Julia.

Primero no. Vine a lavar unos calcetines anoche cuando te fuiste y me pareció que faltaban algunos ladrillos, por eso luego sí los conté, sé que había quince. Son para hacerle una casita al gato.

—Las casitas son para los perros.

—Ese gato tiene pata de perro y le gusta estar afuera. El punto es que faltan tres ladrillos y ni tú ni yo los hemos usado, no creo que Gus se los haya llevado en el hocico como regalos para sus novias.

—Pues no, pero quién vendría a la casa por tres ladrillos nada más, porque no falta otra cosa, ¿verdad?

—No, parece que no.

—Como sea, ya deberías bañarte para ir al trabajo.

—Si soy mecánico…

—Y no tienes que ser un mecánico apestoso. Ya escucharé si alguien viene a robarse otros tres ladrillos.

II

Mario se ha ido y Julia se propone dormir; coloca su cabeza sobre la almohada con funda de estampado floral desgastado por las lavadas, pero escucha un ruido inusual: un choque de ladrillos. Se inclina por la teoría de que Gus ha vuelto, de cualquier modo, es mejor estar segura. Desde la habitación se desliza hacia el patio trasero. Su casa —la casa que rentan a aquella anciana— está dispuesta de una manera extraña. El baño tiene dos puertas, la primera para acceder desde el dormitorio, y otra, que puede asegurarse con pasador por dentro, junto a la regadera, la cual conduce a una cocina adaptada en un pequeño espacio que solía ser el cuarto de lavado; por el lado derecho de la estufa se encuentra una salida que da hacia una llave de agua y un trapeador, desde donde Julia se asoma para percibir algún movimiento. Por si acaso, ha tomado un cuchillo de un recipiente Tupperware alargado usado a modo de cajón para varios utensilios de cocina. No es un cuchillo para carne, sino más bien un cebollero, pues por su forma resultan más útiles para apuñalar o lanzar, lo ha visto en muchas películas de terror. La mujer abre con cuidado la puerta y se da cuenta de que no necesitará ningún arma. Se trata de un niño de aproximadamente ocho años de edad tirado en el piso con expresión de dolor, este al verse descubierto intenta levantarse, sin embargo, las consecuencias de la caída se lo impiden.

—Ronaldo, ¿qué estabas haciendo? —pregunta Julia entre preocupada y sorprendida.

—Nada, yo… —balbucea asustado el niño.

¿Cómo que nada?, ¿por qué estás ahí tirado entonces?

Julia se acerca a Ronaldo, lo toma por los hombros y le ayuda a sentarse en la pila de ladrillos. Revisa su brazo derecho, que solamente tiene un raspón, pero su pie del mismo lado no tuvo igual suerte.

—Creo que sólo te torciste el tobillo, pero de todas formas hay que llevarte al doctor, ¿están tus papás?

—Nomás mi mamá —dice Ronaldo sin alzar la vista.

—¿Le dijiste a dónde ibas?

—Estaba jugando con mis carritos y ella estaba haciendo de comer...

—Dime, ¿tú te llevaste tres ladrillos la otra vez?

Ronaldo tiene la cabeza gacha, los ojos llorosos y el ceño fruncido.

—Es que no tengo pista de carreras… —lloriquea Ronaldo.

—¿Cómo? —pregunta Julia confundida.

—Yo… yo… hice una con los ladrillos. Siempre me trepo al árbol de mi casa, los vi y se me ocurrió llevarme unos poquitos. Primero me llevé tres, uno para apoyar y los otros para que fueran la pista de carreras, pero luego quise hacer un puente y venía por otros dos. Perdón —dice el niño sorbiendo los mocos, sin alzar la mirada.

—Estuvo mal lo que hiciste…

—Te los voy a regresar —dice Ronaldo.

—Quédatelos, tú le das de comer a Gus.

—¿Le vas a decir a mi mamá?

—No, pero tienes que seguir alimentando al gato cuando lo veas, y no dejes que lo pateen ni que lo agarren a escobazos —dice Julia muy seria.

—Está bien —promete Ronaldo.

—Ahora tengo que llevarte a tu casa. Sólo diré que te caíste del árbol, pero si necesitas algo, pídemelo.

—Está bien —repite Ronaldo, como todos los niños cuando no saben que más decir. 


III

—Ah, ya estás despierta —dice Mario a modo de saludo.

—Oye, Mario, ¿has pensado en tener hijos?

No estés triste, Gus ya volvió.

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