domingo, 30 de abril de 2017

Tormenta de arena

Colaboración para Adynaton #3



I
Contemplaba hipnotizado el árido paisaje desde hacía rato, los polvorientos cerros de todos tamaños eran olas de grava pulverizada a punto de tragarme. Pequeños helechos al borde de la carretera, sahuaros y un animal un poco más grande que un perro común —tal vez un coyote— que corrió a toda velocidad detrás de una pequeña elevación del terreno. Los dormitorios de los soldados permanecían vacíos y llegaba un rumor de las actividades en el exterior. Un leve sopor me había atrapado sin mucho que yo pudiera, o quisiera, hacer en su contra. Aparté la vista de la ventana y me percaté de que un hombre con el brazo derecho en un cabestrillo entraba en la habitación y se recostaba en una de las estrechas camas individuales.


—El desierto puede parecer aburrido para aquellos que no saben prestar atención, pero si vives aquí lo suficiente, tus sentidos se espabilan. No hay que fiarse de Él— dijo el hombre del cabestrillo mientras colocaba una almohada en su espalda—. No tenía más de treinta, su piel era bronce y su expresión dura. No supe qué decir ante tal afirmación. Afortunadamente para mí, que no soy bueno con las conversaciones casuales, abandonó su monólogo para ayudar a algunos soldados que entraron apuradamente, ya que, según dijo el hombre del cabestrillo después de que el viento azotara la puerta trasera, se aproximaba una tormenta de arena. Todos en las instalaciones se afanaron para cerrar los accesos al exterior, uno de ellos, de cabello castaño y cuerpo de toro se acercó corriendo a mi ventana al percatarse de que yo estaba pasmado por la repentina actividad general. Su complexión robusta y sus brazos del doble que los míos me intimidaron al principio, sin embargo, su afable tono de voz me tranquilizó cuando me dijo “Lo siento, amigo. No quisiera ver usted cómo queda este lugar si no cerramos puertas y ventanas antes de una tormenta de arena, es un desastre”. Me pareció demasiado amable para ser un soldado, aunque si yo hubiera sido un recluta, tal vez habría sido más rudo conmigo. Traté de ayudar a los hombres, sin embargo, uno se deslizaba hacia donde yo me dirigía un segundo antes, y cuando volteaba hacia otra puerta o ventana, había alguien ocupándose de ella. Parecían cuerpos dirigidos por la misma mente. No me quedó más que sentarme y sentirme atolondrado. El hombre-toro me asignó una cama, pues la grúa para mi auto seguramente no llegaría a causa de la mala visibilidad que provocaba la arena, además, estaba oscureciendo.


II


Ya había pasado la tormenta de arena y me quedé solo en el dormitorio con el hombre del cabestrillo, quien gracias al cielo estaba demasiado medicado para seguir dándome lecciones sobre el desierto. El hombre-toro y algunos otros soldados salieron a cumplir sus deberes, mientras los demás iban camino al campo de entrenamiento que se encontraba bien adentro del desierto. Me dieron unas mantas y me instalé en la dura cama individual. Una vez que todos se hubieran ido, el hombre del cabestrillo se desperezó, estiró las piernas y me invitó a ver el noticiero de las diez, pero decliné cortésmente alegando cansancio. Al poco rato fui al baño y lo escuché roncar como un tractor. Intenté dormir, sin embargo, pasé en duermevela la mitad de la noche, pensando en qué podría tener el auto y me arrepentí de no haber prestado más atención cuando mi padre intentaba enseñarme. Saqué un pie tras el otro de la cama y me dirigí a la cocina por una bebida, tratando de no despertar al hombre del cabestrillo. Imposible. El tractor seguía encendido mientras yo vertía jugo de naranja en un vaso de cristal chino, incluso creo que para calmar el dolor del brazo utilizó alguna sustancia confiscada en un operativo anti narcóticos, pues no se inmutó con el ruido que hice al poner hielo en el vaso, ni con mi tropezón en la loseta suelta, ni cuando abrí la puerta para sentarme afuera a contemplar el desierto.


Las dunas ya no se mecían ni un poco y algunos autos pasaban por la carretera a intervalos. Al agacharme para dejar el vaso en el piso, vi cómo una nube de polvo se acercaba, ¿una reminiscencia de la tormenta? Distinguí tres figuras acercándose, y por un instante me alarmé, mas recordé que los soldados habían salido y me tranquilicé. No me notaron. La única luz encendida era la pantalla del televisor del hombre del cabestrillo. Cuando entraron por la puerta trasera, el hombre-toro no se percató de que había visto sus cuernos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Necesitas un amigo

Este cuento apareció el 3 de diciembre de 2019 en  https://circuloliterariodemujeres.wordpress.com/2019/12/03/necesitas-un-amigo/ la felicid...